lunes, 17 de noviembre de 2008

Cosas que te pasan si estás viva... (I)

Cuando llegué al Museo me choqué con Víctor Laplace. Sí, el General de mentira…
Los celulares suenan con la marcha peronista, y un señor repite incansablemente: “el mejor homenaje al General es ir a trabajar todos los días, aunque llueva... ¿no es cierto?”. Yo miro para abajo, porque creo que hasta temo que me pregunte.
“Acá estamos, como siempre”, arremete una señora. Todos con su mejor ropa y peinado. “Compañero”, “militante”.
El mismo señor habla de la presidente enojada. Tienen en sus manos revistas y pósters viejísimos, amarillentos.
La sensación que tengo es que buscan volver nuevamente a aquella época. Al peronismo.
Yo pensé que sería una conferencia de Galasso. Y no, estoy en medio de militantes de otros años. Soy la más joven de todos, y probablemente la única no peronista.
El señor del póster tiene una cara de desquicio… de libro. Pero sobre todo creo que noto otra cosa en sus ojos: nostalgia. Absoluta, enorme. Es casi una mirada desolada.
Ese señor quiere volver. Lamentablemente no puedo entenderlo. No porque considere que la política no sea algo importante, por el contrario, todo acto es político. Las relaciones humanas son relaciones de poder.
Pero, ¿por qué quiere volver? ¿No llegó el fin de aquello por alguna razón? Todo ha cambiado. Incluso él, supongo. Aunque la gravedad del pensamiento se empeñe en atraerlo, el cambio es inevitable.
Astor y El Polaco cantan desde un parlante. Por eso un poco me distraigo (Astor… como te quiero).
No le conozco la cara a Galasso. ¿Es ese? Mmm...… no. Capaz es el otro que tiene el mismo pelo que Alabarces… tampoco.
¿Qué sentirán? Es como un ritual. Por alguna razón lo relaciono con la escena de The Wall en que Pink se pone el traje de su padre. Pero no se si lo asocio a la figura militar (“el General”) o porque ay un espíritu de montar una escena. De jugar a que por n momento se esta en otro lado.
Sí. Sacan fotos. Se sonríen. Observan todo y a todos.
Creo que me miran mientras escribo y deben pensar que soy goim.
Un hombre de unos cuarenta años le saca una, dos, tres, muchas fotos a un abandera de ceremonias.
La lealtad, el general, Eva, el 17 de octubre son para ellos un sinónimo absoluto del ser nacional. De la Patria.
Hay olor a carnaval. Pero no porque no respete lo que ellos creen. No es eso. Es por aquella cuestión del juego, del disfraz, del anhelo por volver, para tratar de, aunque sea una tarde, ser de nuevo compañeros, sentirse absolutamente peronistas de nuevo. Un
Dejá vu de laboratorio.
Tengo la sensación de que miran raro.
Tengo la sensación de que si encuentran el libro de Cortázar que tengo en la mochila me van a gritar “¡gorila!”
Se conocen todos. Todos.
“Esta si que es una peronista como la gente”: acaba de llegar una señora que debe tener mas de noventa años; joroba, bastón y un conjunto de alabanzas de parte de los demás.
Y se ríe, esta feliz. La escena vale la pena por ella. Y ahora la nostálgica soy yo.

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