sábado, 22 de noviembre de 2008

Digamos...

Vuelvo a pensar en la cuestión de la inseguridad…

En cómo transformar ese miedo en algo diferente. En ponerla en palabras para que el otro se entere de su presencia.
¿Por qué hay que meter la incomodidad debajo de la alfombra? Si lo hago, solo logro hacer una montaña de basura que, al fin y al cabo, solo me hace sentir mas pesada.
Existen determinadas normas establecidas que detesto. Modos de funcionar que se vuelven obligatorios, a los cuales hay que responder para evitar las miradas sorprendidas y acusadoras: “¡No!, no tendrías que haber hecho eso!” ¿Por qué no? Si es lo que yo he decidido hacer. Los movimientos elegidos empiezan y terminan en mí, por lo tanto la decisión es absolutamente mía.
En esa búsqueda de aprobación pierdo algo. La regla general apunta: hacer lo contrario. ¿No es más complicado disfrazase? ¿No es demasiado tedioso fingir? ¿Por qué esta tan mal exponerse? ¿Decir? ¿Hacer lo que verdaderamente siento?

Vamos como ensordecidos tratando de respetar códigos que nos obligan a enceguecer, que nos transforman en algo que no somos, porque ser demasiado verdaderos puede ser un error. ¿Es eso cierto?

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