domingo, 4 de enero de 2009

Veo, veo...

Veo más de lo que puedo sentir.
Es como si todo lo que me rodea estuviera un paso más allá de mí. Puedo ver el movimiento, pero desde otro lugar.
Hay como una endemoniada sincronicidad entre el sonido y la acción. Entre el anhelo y lo que verdaderamente sucede. Lo que “verdaderamente” sucede.
¿Cómo saber hasta que punto lo que veo es real?
Tengo la certeza de que corre por dentro un maremoto de reconcomios o de placeres, pero siempre de la mano del miedo. Por uno u otro motivo, el miedo suele ser el invitado especial de la noche. Porque siempre es la noche. Siempre lo oscuro. Lo oculto. Lo que solo se ve con los ojos cerrados.
Y aunque siempre necesito el calor, la ausencia me recuerda que en realidad existe el otro. Cualquiera sea ese otro, se hace más presente cuando deja de estar. Busco imitar esa gigantesca aparición, para probarme que puedo ser necesaria en algun universo vecino, pero temo. Temo que en mi desaparecer se manifieste mi simpleza. Porque se necesita ser maravilloso para existir constantemente, y sospecho que no lo soy… y que alguien lo va a notar.

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