lunes, 30 de agosto de 2010

La Ausencia

Me acuerdo un día en que, sentada en el departamento en el que viví hasta no hace mucho, me empecé a reír sola. Nicolás me miró, pero yo seguía riéndome, mientras se me llenaban los ojos de lágrimas. "Me acordé de algo que me decía mi abuela. Algo que me hacía reír".
En eso momento, algo me floreció en el pecho (claro, Flora...). Me di cuenta de que el recuerdo de mi abuela se había vuelto un recuerdo feliz.
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Nunca quise ir al cementerio. Nunca voy a ir. Porque esa piedra, ese frío, esos colores no son ella.
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Algo ha pasado en estos días. De la nada (o de todo) me crucé en mi cabeza con un cuento que me contaba ella. El cuento era fatal, y no puedo recordarlo textualmente, pero se que contaba de un conejo que le rogaba a un cazador que no lo mate, que tenía hijos que alimentar. "Levante las patas y las dos orejas" le decía el cazador. De eso me acuerdo. Me acuerdo de su cara contándomelo, y de mis risas. También me acuerdo del ruido que hacía con la boca, como de una moto. Ni hablar de su "No me vas a conocer...". Bastaba con decir eso para que recite La Maestra, desde esa parte claro.
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A veces pienso en mi familia -y digo mi familia pensando en ese cuarteto inquebrantable de mujeres que hemos sido- y hay algo de comedia dramática. Por otra parte, no se qué familia no tiene algo de eso.
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Un día que viajé en el subte, que hacía un calor pegajoso, se paró a mi lado una señora que agarró un fierro para agarrarse, y tenía las manos igual a las de mi abuela. Y eso que las manos de mi abuela son inolvidables. Finas, hermosas, con unas uñas increíbles.
Mi hermana las heredó. Mi hermana se las pintó cuando ella ya no estaba; ese acto de amor fue uno de los más grandes que yo vi. Pensé que el corazón se me iba a reventar, que la garganta se me partía. Mi prima me puso una mano en el hombro. Ahora que lo pienso el silencio hacía daño. Solo lo quebraba el ruido raro que hacemos cuando metemos para adentro la angustia, y los mocos del llanto.
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Sería en vano explicarles cómo era mi abuela. Pensarían que exagero, pero no lo haría. Era fabulosa. Era una estrella de Hollywood que manejaba su auto con gafas y fumaba con boquilla, y era una bruja que tiraba las cartas y adivinaba. Estaba en otro lado, pero "entiende todo" decía mamá.
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Hace poco soñé con ella, pero no me acuerdo bien. Yo sabía que se iba a ir, pero sentía que eso estaba bien, que ella quería irse.
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Yo la extraño. Tanto que se me hace un nudo en la garganta. Tanto que me acuerdo de su voz. Tanto la extraño, que cuando por sorpresa durante la mudanza apareció una foto de ella estirando el brazo como cuando quería que le agarres la mano, me puse a llorar como una nena. Sentada en el piso, mirando la pared.
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Pero igual ella está cerca. Porque yo la recuerdo. Porque mucha gente la recuerda y la revive cuando cuenta cosas de ella ("Ay, la Florita..."). Porque sin querer la pienso todo el tiempo. Porque aunque pasaron tres años es como si fuera hoy que me resigne a no verla más en movimiento.
No se porque este día es el peor de todos los días como este que me tocó pasar. No se.
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5 comentarios:

flor dijo...

me gusta la dicotomía de reir y llorar casi en la misma posición.

cecilia dijo...

no puedo agregar nada. pero siempre tuve la fantasía de que nunca se iba a morir, y hace tres años no supe que hacer con tanto dolor. y hoy tampoco.

Pauli dijo...

Ese sentimiento que tenemos los nietos cuando perdemos a algún abuelo... Hermosas palabras Agu!!!

Maurer dijo...

a veces pasa que uno, sin saber bien porque (o capaz que inconscientemente sabe) tiene esos días en los que la cabeza le maquina sin parar... es bueno y es malo...

y seguramente que tu abuela debió ser una de esas abuelas a la que uno conoce y dice: ¡Qué copada la nona!

Anónimo dijo...

Agu, creo que acabas de pintar un cuadro. Allí veo la transformación de un sentimiento. Lo comprendo. Me sucede igual con don Patrocinio, o don Pato, como le decían a mi abuelo, que no está entre nosotros desde, el 15 de agosto, hace once años.
La gente miente cuando dice que "el dolor se va con los años". Lo que pasa es que se tranforma en algo más llevable... en esas sonrisas que son los recuerdos.

Un abrazo.

Aleja Páez