miércoles, 28 de marzo de 2012

Otoño



Hoy a la mañana, mientras viajaba abrigada al trabajo, pensé mucho en Juan.
Me acordé de cuánto me gusta cómo cuando se ríe tira la cabeza un poquito para atrás, y achina los ojos. Que se enoja y aunque se le pase sigue haciendo cara seria, porque se obstina en su enojo. Que cuando se levanta, se levanta de malas. Que cuando quiere algo lo consigue sin importar cuánto tenga que insistir. Me gusta que cuando me ve después de un montón de días sin vernos, corre y me abraza y me demuestra su amor.
Hace poco hablé con él y con mi hermana "por la camarita", y cuando él me vio me dijo "acá". En ese momento hubiera llorado, desconsolada, y me hubiera teletransportado a su casa y hubiera jugado con él toda la noche.
A veces es difícil entender la distancia. Cómo funciona. Cómo nos afecta. Pero hay algo más enorme que la distancia, y eso es el amor. El que yo tengo por Juan, por Hilario, por mi hermana, por mi madre, por la gente que no está -y está-. El amor que todo lo rompe y que todo lo trasciende. El amor, que nos mantiene vivos.




(Una canción que siempre siempre es un bálsamo)

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